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jueves, 18 de febrero de 2016

Discurso para la despedida de médicos residentes generación 2012-2016

Agradezco la distinción para dirigirme a ustedes como un decano de los profesores del hospital en esta importante ceremonia.  Tomo una parte del discurso dirigido por un gran médico mexicano, el Dr. Ignacio Chávez a un grupo similar de cardiólogos egresados del Instituto que lleva su nombre en el año de 1957 y cuya vigencia aún perdura prácticamente mas de 5 décadas después. 
Tres, cuatro o más años, al llegar, debe haberles parecido muy largos, en todo caso suficientes para revisar a fondo su disciplina, para aprenderla bien, para dominarla. En el momento de partir, estoy seguro de que se dan cuenta que dichos años fueron muy breves y de que apenas  tuvieron tiempo para acercarse a los problemas, para aflorarlos, para medir su amplitud; quizás en una determinada enfermedad, pudieron ir más a fondo, pero la gran mayoría de los aspectos de su especialidad pasó frente a Uds. como una película que corriera aprisa, sin dar tiempo a revisarla con calma, ni menos aún a adueñarse cabalmente de su contenido. 
Todo esto significa que la fecha de hoy no constituye para ustedes el final de su preparación. Al salir de aquí con ese diploma bajo el brazo, no significa tener la arrogante convicción de que han aprendido ni menos dominado su disciplina. 
Esta oportunidad me permite definir dos momentos. El primero de ellos el de la reflexión para la institución formativa de talento humano que es el hospital y todos los que en ella participan, autoridades, docentes y docentes y el segundo momento de agradecimiento. 
En innumerables ocasiones he escuchado la definición de nuestro hospital como “hospital escuela”. Realmente me interrogo si hemos cumplido cabalmente como tal. Hay poco escrito sobre el verdadero concepto de hospital-escuela, derivado probablemente del concepto flexneriano definido en inglés como teaching hospital, centrado en el individuo que aprende y  basado en la práctica hospitalaria, coincidente con el desarrollo de las especialidades y subespecialidades, pero también desafortunadamente con la atomización y deshumanización de la medicina. Los sistemas de salud no deberían anclar su mirada en la atención médica cotidiana y mayoritaria. También es su responsabilidad bregar por la formación de los mejores médicos, capaces de resolver problemas médicos complejos, tanto en el terreno de la clínica como de la cirugía y para ello es esencial la preservación y jerarquización de los hospitales-escuela, en donde no se olviden los aspectos del trato humano y en especial del ser que sufre por la enfermedad, encontrando en ella el reto no solo de recobrar la salud sino superar su vulnerabilidad ante la enfermedad que siempre ha representado para el ser humano una condición de desbalance no solo del enfermo sino de su grupo familiar. La relación médico-paciente por naturaleza es desigual, confronta al hombre con saber a un hombre que sufre. El médico debe convertirse en el aliado de su dolor y de su confianza y no en muchas ocasiones, como desafortunadamente sucede  en otro obstáculo para terminar con sus congojas. 
Debemos centrar la acción de nuestro hospital como  escuela en permitirle al egresado como especialista en la relación médico-paciente comprender cada problema médico no solo en el contexto más actual de la fisiología o la bioquímica, ni solo en una técnica determinada y más bien en la solución del conflicto integral que para el paciente refleja la enfermedad. Como lo definió  Louis Portes “una confianza frente a una conciencia”. De acuerdo con un gran educador médico de nuestro país, Alberto Lifshitz en su capítulo de la Educación Médica en perspectiva, para ser verdaderamente un hospital-escuela  debemos cambiar el paradigma de nuestra institución hacia el emergente centrado en que el alumno adquiera un método más que solo conocimientos, donde sea el eje del proceso educativo y el enfermo el de la atención, donde predomine el aprendizaje sobre la enseñanza, con un cuestionamiento sistemático del conocimiento adquirido, evitando los estereotipos negativos, con la participación muy activa de los alumnos en la selección de los contenidos educativos,  propiciar la reflexión crítica y el aprendizaje para la vida, pero sobre todo impulsar el humanismo en nuestros egresados así como el profesionalismo  definido éste como las destrezas, actitudes, valores y comportamientos comunes de aquellos  individuos que han decidido tomar la práctica de la Medicina y que comprende el mantenimiento de las competencias necesarias, del cuerpo de conocimiento y su actualización permanente, el mantenimiento de las destrezas necesarias , del altruismo, la integridad pero sobre todo del cumplimiento de los códigos éticos indispensables para consumar el contrato con la sociedad que tiene el médico desde que su concepto como disciplina emergió en la historia. Esperamos como hospital haber cumplido con todos Uds. en estos compromisos y si les fallamos  acepten nuestras disculpas. Como lo definieron los Dres. Uribe Elías y Aguirre Gas en su capítulo Otra visión de las residencias médicas: “el deber de hacer lo que se puede hacer, y de no hacer lo que no se puede”. 
El segundo momento es el de los agradecimientos, creo que en primera instancia debemos cumplir con una deuda hacia los enfermos que son los que en buena parte nos enseñan la esencia y la dimensión humana de la enfermedad y a quienes en pocas ocasiones se les reconoce. Como lo menciona la Mtra. Ramos Rocha no podemos hablar de buena medicina si no se desarrolla en quienes la van a practicar, una sensibilidad centrada en la humanidad del paciente y como guía el respeto a la autonomía y la preservación de  su vulnerabilidad y dignidad. 
En segundo término reconocer a nuestra nación quien con sus limitados recursos ha destinado parte de ellos para permitirles tener una casa académica que no solo les da el campo clínico suficiente para el aprendizaje, sino albergue y recursos para apuntalar su formación como médicos que pronto se integraran como especialistas a la sociedad. 
Es de justicia en tercer lugar hacer extensivo nuestro reconocimiento a sus maestros que con espíritu solidario transmiten sus conocimientos, enseñan sus destrezas y guían a los médicos residentes en su incipiente camino de la especialidad. Para ellos nuestro agradecimiento permanente y sincero a nombre de las autoridades y los hoy egresados. 
No hay que dejar de reconocer que también hay una familia: padres, hermanos, esposas e hijos a los que muchas veces se les ha sacrificado en el tiempo y convivencia por cumplir con los deberes hospitalarios de cumplir guardias, preparar sesiones, exámenes y trabajos. Créanme que ha valido la pena ese sacrificio en beneficio de la madurez que como especialistas han adquirido los médicos residentes que hoy terminan un ciclo más de la vida académica. Muchas gracias por su incondicional apoyo y comprensión.
Finalmente no un agradecimiento, sino una felicitación y reconocimiento a todos los residentes que hoy nos abandonan, por el esfuerzo realizado, por las noches de desvelo, las largas jornadas de ayuno y las incomodidades de la residencia. Pronto harán conciencia de que valieron la pena y que representarán solo recuerdos de una de las fases más fascinantes en la vida de los médicos. 
Quiero terminar con otras palabras del ilustre médico con el que inicié: Hipócrates, quien recogió el legado y en el Askeplión de su isla, en su escuela de Cos, y creó la Medicina que conocemos. Le llamo “divino”, porque humanizó el arte médico de su tiempo, hasta entonces carente de espíritu. Nosotros somos sus seguidores, los Azklepiades de nuestro tiempo, por ser fieles a su enseñanza y a su ejemplo, pero no aspiraremos a ser llamados “divinos”, como lo fue él. Pero sí  aspiramos, como recompensa, a merecer el nombre de médicos. Un abrazo fraternal a todos, residentes egresados hoy, el Hospital Juárez es y será siempre su casa. 

Felicidades y muchas gracias por su atención.